Kafka en el antropoceno

Subida Montt, Valparaíso

La convención ha declarado estar escribiendo la historia. Habría sido más exacto decir intentamos mutar nuestra inscripción en la geología del antropoceno. Somos una de tantas especies dejando trazas en las piedras, en los mares, los sedimentos, el agua, en la atmósfera, los hielos. Sólo que hoy debemos hacer que nuestras pobres marcas dejen de tener la potencia poética del  poliestireno, polietileno, paraquat y macadam.

Dudo que las asambleas de representantes produzcan fuentes y que los historiadores al escribir historias puedan decir en efecto así se escribieron esos registros. Quizás los estratígrafos del futuro alcancen a decir así se quemaban combustibles fósiles en esos tiempos.

Este sorprendente anacronismo de nuestros convencionales es explicable por la escasa lectura de Kafka contemporánea, el autor que mejor nos puede guiar en las penumbras del antropoceno.

Aunque no contiene ninguna formulación política propositiva, su distancia de los uniformes, de las máquinas, de las oficinas, tanto como su vegetarianismo, su ascetismo estético, su culto del hambre y el valor de las palabras, la extrañeza frente a las cuestiones obvias y a lo que todo el mundo ya sabe, la noble proximidad identitaria con escarabajos, perros, ratones, son la mejor guía para preguntarse por ejemplo, cómo tras dos años de padeceres los chilenos seguimos en el mismo sitio, bajo las mismas miradas policiales, en el mismo papeleo burocrático. Signos abrumadores de la inutilidad misma de todo el aparataje político democrático representativo y de toda la parafernalia intelectual de occidente, para encarar de forma justa, abierta, no violenta, un problema enredado. Los señores que se propusieron domesticar la historia a punta de economía y códices, hoy se declaran incompetentes y denominan a los hechos causados por su propia torpeza como un «estallido». Desplazan al azar o a la explosividad de una materia extraña, su responsabilidad política, los desastres causados .

Kafka nos libera de la constricción de pensar en términos de desarrollo, crecimiento o economía. Nos libera de las fuerzas productivas y de las relaciones sociales de producción, de la alienación de trabajo. Pero nos compensa con la compasión, la pequeña ternura.

Podemos aprender a pensar y escribir con pulmón de tuberculoso, como Chejov nos enseñó.

Kafka quería volverse indio:

ah, si uno pudiera ser un piel roja, siempre alerta, cabalgando sobre un caballo veloz, a través del viento, constantemente sacudido sobre la tierra estremecida, hasta arrojar las espuelas, porque no hacen falta espuelas, hasta arrojar las riendas, porque no hacen falta las riendas, sin apenas ver ante sí que el campo es una pradera rasa, habrían desaparecido las crines y la cabeza del caballo.

Kafka no se engañaba.

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