Entre la peste y el we tripantu

En medio de la peste , Katta me envía fotos de los peaks de SO2 en Ventanas, de la bahía sucia por hidrocarburos. En medio de la peste leo a Céline, a London, a Ruesch, para terminar leyendo 2666.

En medio de la peste examino los números a diario, a cada hora, a cada cuarto de hora, veo las cifras subiendo, las presiones de oxígenos, las positive espiratory end pressure de algún colega o colega, dibujo las cifras ascendentes de muertos, de casos, las tasas a la espera de las meseta, calculo el tamaño de muestra para una proporción de 5% en mi comuna:

no existe la cifra correcta, sólo los nazis creían en la cifra correcta y los profesores de matemática elemental. Sólo los sectarios, los locos de las pirámides, los recaudadores de impuestos (Dios acabe con ellos) , los numerólogos que leían el destino por cuatro perras creían en la cifra correcta. Los científicos, por el contrario, sabían que toda cifra es sólo aproximativa. Los grandes fisicos, los grandes matemáticos, los grandes químicos y los editores sabían que uno siempre transita por la oscuridad [p. 1031]

¿Quién tiene el manual de instrucciones del virus en terreno? ¿Quién sabe si se ha ensamblado en los mercados húmedos o en los laboratorios de vacunas? Descreer a Montagnier sería confiar en que el SIDA no existe. ¿Cómo conocer al genio de la enfermedad? Por ahora me parece introvertido, minúsculo, sutil, galán. Vive del hacinamiento y del miedo, le encanta el turismo exótico, la biología molecular es su pasión, las unidades de cuidados intesivos, las grandes ciudades. Aunque el principio parecía elitista, ahora se ve que no mira ingresos ni estratos. Le gustan las manos, su pasión son las manos que escarban narices. Parece un buen alumno de la Dra Kirschbaum. No las lenguas, ni los besos como a Epstein-Barr, ni las pasiones extremas como al VIH.

Pero le interesa la política y la economía. Nunca supe de un virus más preocupado por ir a las bolsas, a los mercados, a los ministerios, a los parlamentos. En su afán de estar presente allí, en esos lugares de grandes decisiones, ha perturbado todo, ha empequeñecido todo, ha desarmado todo.

Y sin el embargo el sol, el único ser realmente coronado, no ha sido perturbado. No diré que el sólo sigue su camino, sino que su serenidad sigue acariciando a la tierra con parsimonia, con sabiduría, pasando sus rayos por nuestras partes íntimas con suavidad, dejándonos descansar en su tibieza.

Bastaría una tempestad del viento solar para definitivamente colapsarlo todo, algo que nos recuerde que vivimos en la atmósfera no de la tierra sino del sol. La peste es una pequeña alusión casi poética a esa verdad fuerte, en la que vivimos, aunque no parecemos vivir.

Veo los brotes de las plantas como si el we tripantu se hubiera adelantado un mes. Es posible. El otoño, la noche del año, nos lo pasamos insomnes.

Por eso we tripantu apura su paso con luz intensa y ese color matutino de rosáceos dedos que evocaba el poeta. Se arreciman las hojas para emprender una nueva marcha.

Es cierto que las ideas siguen siendo las mismas peroratas de occidente. Que las Universidades siguen silenciosas bajo la nube gris en que el pensamiento se desprecia.

Pero la vida palpita en este nacimiento de mayo. Las montañas me miran y acumulan hojas de robles y digueñes en sus ramas casi secas. Las alstroemerias hinchan sus bulbos para empezar a brotar.

Porqué no las ideas tal vez hagan lo mismo, si al fin y al cabo los cerebros son sólo una tierra más, una piedra extraña, pero piedra al fin. Y las ideas que circulan al viento pueden arborizar aún en las más pétreas sinapsis.

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