De-carbonizar es de-colonizar


¿Fue nuestra conquista una puerta de emergencia para Europa en crisis ecológica? ¿O como cuenta la historia, fuimos el hallazgo casual y menor en una búsqueda lujosa?¿un interceptor inesperado, unos seres, un continente entrometido en una navegación por especies, oro u otras mercancías?  ¿O los objetos eran sólo una bandera ondeando en un rumbo de expansión territorial para salvar a los imperios? ¿una poussée de esa maladie propia de occidente marcada por la falta de espacio y una insaciable ambición de terrenos por roturar?

Desde el punto de vista migratorio humano, la intervención colonial fue pequeña. Pero como operación de exterminio y sustitución de ecosistemas, abrumadora. La primera fase consistió en despejar el terreno. Eliminarnos como nativos, humanos o no humanos. La administración de suelo europea  había practicado una ecología rapaz, diezmando sus territorios, bosques, suelos. La solución al agotamiento metropolitano parece haber sido la expansión territorial. 

La segunda operación histórica fue energética: revoluciones industriales, revoluciones políticas, revoluciones independentistas. Liberación de potencias contenidas, generación de movimientos cíclicos y amplificadas, definición de ejes. Energía en vez de espacio metropolitano. Pero en ultramar territorio y energía a la vez.

Una salida energética para la repetición de crisis agrícolas, mejorar las productividad de las tierras en problemas,  en medio de una edad del hielo medieval. La teorización proponiendo un cambio de régimen como alternativa fue realizada por los intelectuales de la época, en base a la larga tradición occidental de dar forma a esas crisis. El régimen pastoral, sustentado en las lecciones y formas de la agricultura, tomó la forma republicana.

Lo que hoy tenemos no es una democracia mal preparada para la crisis ecológica.  Es más bien un orden político con una forma de ecología errada, un estilo ecológico fracasado. La democracia considera al planeta sólo a través de la representación electoral de las personas y las decisiones arbitrarias de los representantes electos. Hay en la constitución de las repúblicas una visión de cómo incluir estos problemas Podríamos hablar de ecologías morales, del mismo modo que Edward Thompson hablaba de economías morales. La gestión ingenieril del ambiente tal como se da hoy en la “institucionalidad ambiental” es justamente una ecología moral.

No parece ser que la ecología esté madurando y buscando su incorporación a la democracia republicana actual, a la manera como las cuestiones sociales se incorporaron durante el siglo XIX. La cuestión social fue una cuestión ecológica en su momento, una ecología moral, sólo para humanos occidentales.  El estado benefactor tuvo una ecología política, que posibilitó el salto adelante de los años 50, la dura marca del agotamiento de una civilización.  

Una incorporación ecológica más allá del voto del voto de los votantes y del arbitrio de los votados,  requiere otras formas políticas.

En estos tiempos en que todos dicen ser sustentables, incluidos los depredadores y en que todos están contra las zonas de sacrificio, incluyendo sus administradores, la distinción debe ser realizada entre ecologías  morales, pues nadie puede vivir (o casi nadie) de espaldas a las condiciones ambientales o ecológicas de nuestra vida. 

Cuando se habla de recursos, de explotación o de eficiencia, no se deja de lado ni olvida que existimos sobre un planeta, cuya physis importa. La diferencia está en las valorizaciones que se dan a esa materialidad. Del reconocimiento de límites (lo biológico tiene un óptimo; no es mientras más mejor), a quiénes se incluye en la consideración de terceros: a la biodiversidad, al agua, al aire. O a un número químico, una concentración aceptable, una medida de resumen. Valores y valores, ordenamiento de lo que importa y aquello que no, en forma de cifras.

El estado desarrollista de la segunda mitad del siglo XX tenía su ecología moral. La impuso. Roturó territorios, arrinconó gente, acorraló pobres. Hoy lo hace del mismo modo. No veo una solución de continuidad entre ese estado desarrollista y el neo liberal de hoy.  

De-carbonizar es de-colonizar y viceversa. Salir de la imposibilidad de pensarnos de otro modo. Salir del “no me logro imaginar”.

Buscamos como una aguja en un pajar una hilacha que revele el tejido mal costurado, el paño colectivo mal hilado. Intentamos producir un micronistagmo operando de manera colectiva, que permita ver la diferencia, salir de lo que Benjamín Subercaseux llamaba la mirada acostumbrada, la tiranía de lo evidente. 

Lo que buscamos no son brechas entre palabras. Sino paradojas entre cosas. 

¿Cómo ordenar nuestro cuadernos de tareas?

A la manera clínica, tratando de identificar los problemas en un orden, resumiéndolos, practicando un reduccionismo que nos permita apostar por las más importantes.

Es verdad que cuando las enumeramos parece ser más de cien. Pero se requiere un ejercicio conceptual que permita decir cuáles son las primordiales y cuáles las secundarias.

El actual movimiento ecologista no logra volverse político, por ahora se mueve en forma  dispersa y errante No posee claridad de horizontes. Cada paso es una improvisación. 

Producir una nueva ecología moral es urgente.

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