Openheimer

El título es de tragedia. Tal como Medea, Ayax, Agamenón, Hécuba o Antígona el nombre es personaje y nudo. Y aunque la tragedia expresa los desagradables marcos en los que debemos desenvolver a menudo nuestra vida, en medio de incertidumbres, irreducciones e indeterminaciones, con una cognoscibilidad extremadamente parcial de lo que constituye la médula de los acontecimientos, el foco de atención sigue siendo el personaje.

Hay quien dice que la política sería en la actualidad ese contexto desagradable, que marca el carácter trágico de nuestro tiempo. Aunque la tragedia una vez más no sea  sino una gran alusión a un alguien cuyo nombre se impregna con la nitidez de un significado aglutinado. Una tragedia es más erizo que zorro.   

De todo esto también habla Oppenheimer, una película que fácilmente podría ser considerada como extemporánea, aludiendo a una guerra fría que ya no existe, si es que acaso alguna vez existió.

La tragedia de Oppenheimer es el colapso de algo más que Europa y USA. Con o sin guerra fría, con o sin comunismo o capitalismo, aun  vivimos dentro de ese episodio de tecno-ciencia, militarismo y destrucción planetaria, con el mismo grado de ceguera de un Edipo.

Mientras pasan por delante nuestro varios nobel de física: Bohr, Fermi, Einstein, Lawrence, Albrecht, Heisenberg, y figuras claves del siglo XX como Kurt Goedel, somos espectadores de cómo esos genios son burlados, esquilmados y maltratados por los militares a cargo del proyecto.

Nos preguntamos porqué EEUU con una física cuántica más bien la retaguardia, con un espionaje en desventaja frente a ingleses y rusos, pudo hacer la bomba atómica. Mientras sus pares, en condiciones con ventaja, fracasaron.

En las tres horas de película asistimos al despliegue de una capacidad organizativa que combina pragmatismo, democracia y militarismo. Una trama híbrida que potenciada con un marco presupuestario más que holgado, logra generar y lanzar un arma terrible. O como dicen que dijo, “volverse la muerte, el destructor de mundos”.

Los éxitos de esa tríada están también en la articulación que da origen a la masificación del uso de petróleo, el gran salto adelante y quizás a la modernidad misma.

Por eso, si es posible mirar el film como una revisión cargada de nostalgia de los tiempos de la guerra fría, la cuestión no se agota allí. Tras ver Oppenheimer, uno sale también bombardeado, masticando el presente. Hay quienes datan el Antropoceno con la traza de plutonio de esas explosiones de agosto de 1945. La recuperación de esta historia arroja luces para una respuesta más informada a esta interrogante.

La tragedia sigue a Oppenheimer y aunque sus colaboradores viven variantes propias como resonancias de la misma trama, sus historias quedan necesariamente fuera de foco. La figura principal cree poder moverse entre comunismo, física teórica, resultados ingenieriles, militares, bhagavad gita, psicoanálisis, sánscrito, alemán, republicanos españoles, desierto. Entre las cuales se desplaza con soltura y ligereza. Sólo que a veces la ligereza es la señal de un grave atrapamiento.

Del mismo modo, nuestra tragedia no es sólo el presente, sino el atrapamiento que el pasado -el muerto coge al vivo- nos imprime, por ejemplo al seguir creyendo que 1945 0 1989 son fechas claves de nuestro tiempo. 

A la luz de este film queda claro que no lo fueron. Ni para Openheimer y mucho menos para nosotros. Cuando nuestros problemas se enredan con la geología planetaria, las zonas de inflexión se tornan borrosas y su extensión puede considerar incluso siglos.

Nuestra crisis civilizacional reside en buena parte en las fragmentaciones que la modernidad ha ido multiplicando. Y paradójicamente esa misma crisis sólo resultará abordable si hay convergencias, confluencias, ordenamientos. Antropoceno pudiera ser un vector de lo que se ha llamado “un mundo común” o “vivir con el problema”. 

Por ahora, seguimos bajo la égida de lo fragmentario. 

Oppenheimer ha logrado una audiencia multitudinaria. Pocos productores de mensajes culturales o políticos o artísticos,  pueden jactarse de semejante resultado. El contenido y el arte mismo de la película, explican buena parte de ese logro. 

Pero construir un público masivo implica reconocer la capacidad de la audiencia para hacerse una y otra vez, en torno al problema, aunque sea en medio del océano de inestabilidades y fragmentaciones que llamamos presente.


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