Mito y Leyenda: el viaje shamánico de el niño y la garza

De la mano del gran Miyazaki hemos aprendido de bosques, de chicas que combaten la intoxicación industrial o trazan aviones, de puercos que vuelan hidroaviones y niños que se ponen barbas para abrir la puerta, un calcifer que pasa hambre en una pequeña cocina.

Algo de todo esto resuena en esta su última peli (al igual que con Kaurismaki es mejor pensar que es una frase de alcohólico: última copa). El viaje entre mundos. Es la historia americana y la nostalgia de los asiáticos que se quedaron sin pasar por Behring. Pero unificados por el viaje que nos dividió. En todo caso, todos shamanes.

Si hay la unidad Indo europea que señala Dumézil y si toda cultura es religiosa, cimentada en mitos que parecen epopeyas o epopeyas históricas (Lautaro, Valdivia, Fresia, O’Higgins, Balmaceda, Allende) que son mitos, nuestro Mito epopeya no es indoeuropea, ni Rómulo, ni Júpiter, ni Thor, ni Prometeo.

No sé muy bien cual es la estructura profunda de nuestra razón mítica. Pero Miyazaki subraya aquí algunas claves: mundos, pájaros, fuego, cuchillos.

Mundos

Es difícil hablar de multiplicidad de mundos, porque siempre vivimos en un solo mundo. Hay que pasar de un mundo al otro, porque no se puede coexistir ni siquiera en dos. Hay puertas que llevan de un mundo a otro. Hay muchos. Hay que tomar decisiones respecto a esos mundos. No olvidar las puertas. Cuidar su precariedad.

Pájaros

Lévi Strauss recuperó la historia del desanidador de pájaros en el origen del fuego, para los indios del amazona. En esta película hay pájaros por doquier: garzas, pelícanos, cotorras. De un mundo a otro se transforman. El tirano monarca del mundo del subsuelo acá es una pajarito del hombro.

Los pájaros son una clave de nuestra indianeidad. Sus plumas son chamánicas. La inserción de un trozo de plumas primeras de caiquén es crucial para dar a la flecha la potencia en la arquería selknam (ver libro de Alfredo Prieto Iglesias Arquería de Tierra del Fuego). Miyazaki lo dibuja de un solo plumazo.

Pero las flechas adornan a los indios, dan la jerarquía a los jefes, se instalan en el ala del sombrero.

Los pájaros, esos dinosaurios suaves, nos dicen que este mundo contiene otros mundos, que el jurásico no ha muerto.

Fuegos

Miyazaki, amante de los bosques, pone el fuego en las estrellas. El rasgo astral del fuego contiene el secreto de su regreso al cielo. Los niños son héroes gracias al fuego. Miyazaki no condena al fuego. Tampoco lo infantiliza. Señalando su origen cósmico, nos dice que en la vida hogareña, la madre, el fogón, están sumidos en el cosmos más turbulento.

Cuchillos

Como el fuego, el acero oriental -el único acero- vive del filo. Los niños deben no sólo tener una herramienta filosa, sino que deben ser adiestrados en su uso. Deben sentirse cómodos y próximos con esta herramienta primordial.

Mahito vive un viaje shamánico. No solo entre mundos, sino también en que animales y humanos coexisten y se intercambian. Y en que la pequeña resulta ser la madre.

En una industrialización de guerra, con la petroquímica de autos y aviones, la adolescencia de Mahito/Miyazaki es dibujada por su viaje.

A los 83 años, este hombre que fue comunista y hoy es un ecologista, una especie de Foucault nipón, nos enseña su viaje, nos dice en pleno antropoceno que hay que pensar una vez más, en nuestros viajes como shamanes.


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