Sergio Ortega vienes volando

Ayer una ceremonia ligera, comunista, envejecida y terrestre para poner en la tierra de santiago los restos del músico Sergio Ortega. Con palabras de Miguel Davagnino, de Cecilia -la compañera de DICAP que impulsó este retorno-, de Claudio Di Negri, un dirigente partidario sorprendentemente iluminado, de Daniel Jadue, de la compañera de Sergio.

La quena y el canto de Marcelo Coulon, acompañado de un notable guitarrista y su hija, cuyas señas no anoté. Entre los asistentes Hugo Fazio, Patricio Castillo, Rodolfo Parada.

¿Qué hacía entretanto un viajero del antropoceno en ese rito casi familiar?

Sólo al día siguiente podría saber que buscaba al pueblo terráneo, que preguntaba a Sergio si acaso ese pueblo unido estaba dispuesto a medir su tragedia en ppm de Co2, y que intentaba respirar en las piedras del memorial un aliento de ecologías.

Vagando entre los restos de la Violeta, de Miguel, de Víctor, buscando en el patio 29 la sumatoria de nn que somos los pueblos indianos.

No tuvimos ecomunismo. Es parte de la tragedia.

A cambio, sentimos las revoluciones como actos de dureza, violencia, sacudones rudos, momentos de severa fragmentación. Nuestra ternura casi se hizo astillas o piedra cuando fuimos a ella.

La dialéctica nos lanzó al suelo, ebrios de palabras de guerra.

Toca llevar a los hijos a reconocer los restos de estos abuelos cuyas canciones inventarán con nosotros un sendero entre las ruinas del antropoceno.


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